lunes, 16 de marzo de 2026

Roger de Lauria, Almirante de Aragon ( 12ª parte)

 


Viene de aquí:

 Ibrahim I Abu Ishaq, el príncipe hafsída que Pedro había puesto en el poder en Ifriqiya mediante las intrigas militares de Conrado de Lancia y Roger de Lauria en 1279, se negaba a reconocer la soberanía aragonesa y a pagar el tributo estipulado.

 Así, en 1281, Pedro instó a Abu Bakr ibn al-Wazir, gobernador de Constantina (la actual Constantina, en el noreste de Argelia, a medio camino entre Argel y Túnez), ciudad vasalla de los hafsidas, a rebelarse contra él. Abu Ishaq se preparó entonces para marchar contra Ibn al-Wazir, lo que llevó a este último a buscar la ayuda de Pedro con la promesa de que consideraría convertirse al cristianismo. Esto era precisamente lo que el soberano aragonés deseaba.

Constantina.
 

  Una expedición al norte de África ppdria entonces parecer una cruzada, y Túnez sería un buen punto de partida para invadir Sicilia.

 En diciembre de ese año, Pedro envió un emisario al papa Martín IV, solicitando la aprobación papal y el apoyo financiero para una cruzada. El papa se negó, pero Pedro, no obstante, tenía un pretexto plausible para los preparativos de la flota.

 

  Probablemente a principios de 1282, Pedro convocó unas Cortes en Barcelona para proclamar que todos los barcos, hombres y material necesarios debían reunirse en Port Fangos (en el delta del río Ebro, cerca de Tortosa) antes del 1 de mayo.

Port Fangos.
 

  También nombró almirante de la flota a su hijo natural, Jaime Pérez, quien a su vez eligió como vicealmirante a un respetado caballero catalán llamado Ramón de Cortada. Los dos se encargaron de conseguir barcos, soldados y suministros de Valencia, mientras que otros dos comandantes, Ramón Marquet y Berenguer Mallol, fueron asignados para hacer lo mismo en Cataluña.

 La movilización debió de avanzar rápidamente, pues el 20 de mayo, tanto Felipe III de Francia como el papa Martín IV enviaron delegaciones a Port Fangos para preguntar al rey Pedro sobre sus intenciones. El momento de la expedición, que coincidía con la noticia de una nueva rebelión en Sicilia, y la magnitud de la movilización debieron de resultarles, cuanto menos, preocupantes. De hecho, los emisarios de Felipe advirtieron con tono sombrío que el rey de Francia no se quedaría de brazos cruzados si Pedro se aprovechaba indebidamente de la situación. 

 

  Pedro disimuló, ofreciendo únicamente la enigmática respuesta de que “su voluntad e intención eran y son que lo que hiciera se hiciera al servicio de Dios”.

 En realidad, Pedro había iniciado la movilización mucho antes de enterarse del estallido de otra rebelión en Sicilia. Lo había hecho sabiendo que Carlos  de Anjou había reunido una enorme armada en Messina para un ataque largamente planeado contra el Imperio bizantino. Asi,, es probable que Pedro tuviera la intención de atacar directamente la Sicilia angevina, una vez que Carlos partiera con el grueso de sus fuerzas para conquistar Constantinopla.

  Pedro probablemente se sorprendió tanto como Carlos por la reciente insurrección en la isla. Tras el estallido de la revuelta siciliana, sin duda intuyó que su mejor opción era llevar a cabo su anunciada “cruzada africana” para posicionarse ventajosamente y aprovechar los acontecimientos en la región a medida que se desarrollaban.

 Aun así, Pedro mantuvo sus planes y objetivos precisos en secreto. No reveló a nadie, ni siquiera a sus almirantes, el destino de la armada hasta el día de la partida: 3 de junio de 1282.  De hecho, Muntaner afirma que Pedro esperó hasta que la flota estuvo a 30 kilometros de la costa de la costa antes de que su hijo, Jaime Pérez, distribuyera personalmente órdenes selladas a cada comandante de galera, informándoles de su primer puerto de escala: Mahón, en Menorca.

 Aunque las estimaciones del tamaño de la fuerza varían, debió de ser considerable. El cronista catalán Bernat Desclot calculó que el contingente terrestre constaba de 800 caballeros y hasta 15.000 infantes, principalmente almogavares: soldados de infantería ligeros y de gran movilidad que combatían en las fronteras montañosas de la Iberia cristiana.

 

  Muntaner describió un ejército mucho mayor ,de 1.000 caballeros más 8.000 ballesteros y 20 000 almogavares. Por su parte, el historiador siciliano Bartolomeo di Neocastro ofreció la cifra de 900 hombres de armas a caballo y sus monturas junto con 30 .000 almogavares.

 En cuanto a la flota que los transportaba, los dos cronistas catalanes dieron cifras notablemente similares. Desclot dijo que entre galeras, transportes y pequeños barcos exploradores de dieciséis remos, “había ciento cuarenta veleros o más”, mientras que Muntaner afirmó que “había más de ciento cincuenta veleros, unos con otros”. Neocastro no proporcionó un recuento total de barcos, pero indicó que al menos veinticuatro eran galeras de guerra estándar, numero muy cercano al recuento de veintidós de Desclot.

 

 Aunque no hay evidencia documental que lo corrobore, los acontecimientos pasados ​​y la lógica sugieren que uno de los comandantes de galeras probablemente fuera Roger de Lauria. Después de todo, se sabía que había sido cercano al rey desde su llegada a la corte aragonesa unos veinte años antes, y Pedro ya le había confiado una misión diplomática clave a la región solo unos años antes. Además, Roger debió haber sido uno de los pocos miembros del séquito real con experiencia marítima en combate, y había adquirido esa experiencia precisamente en esas aguas del litoral norteafricano bajo la tutela de su buen amigo y compañero exiliado, Conrado di Lancia, el primer nombramiento de Pedro como almirante.

 Una carta real indica que Roger probablemente incluso comandó un barco propio durante la expedición de 1279 para colocar a Abu Ishaq como gobernante hafsída de Túnez, asi que es muy posible la presencia de Roger junto al rey Pedro, como capitán y consejero, en la “cruzada africana”.

  La flota aragonesa llegó a Mahón según lo previsto tras una travesía tormentosa, pero poco después el plan comenzó a desmoronarse.

 Aunque tributaria de la Corona de Aragón, Menorca era un emirato musulmán autónomo. Su gobernador, llamado almojarife , que significa “funcionario del gobierno” o “recaudador de impuestos”, fue comprensivo con los deseos del rey Pedro y prometió proporcionar todos los suministros necesarios para la flota. 

 

Pagando el diezmo al Almojarife.
 

  Pero el almojarife menorquín adivino cual era el objetivo del rey aragonés y, clandestinamente, envió una veloz saettia (un barco explorador) para advertir a sus correligionarios de la costa del Magreb, en particular a Abu Ishaq, de la inminente llegada de la armada aragonesa.

 Así, cuando la flota zarpó de Mahón unas semanas después, la precaución de Pedro de informar a los capitanes de sus barcos del destino designado mediante órdenes selladas solo cuando ya se encontraban a varias millas de la costa resultó inútil.

 Para cuando la flota llegó al puerto de Collo, en la costa de la actual Argelia, el 28 de junio, Abu Faris (hijo de Abu Ishaq) ya había capturado Constantina y decapitado a Ibn al-Wazir. El propósito declarado por el que Pedro había organizado su enorme expedición se había desvanecido. Aun así, no cabía la posibilidad del regreso inmediato del monarca a Aragón; todavía no había cumplido su objetivo.


 

(Continuara…)

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