lunes, 14 de septiembre de 2026

Vino medieval ( 1ª parte )

 


¿Cuántas veces hemos oído o leido que en la Edad Media la gente solo bebía vino o cerveza porque el agua estaba podrida y estancada, y era muy peligroso  para la salud consumirla?. Muchas.

  En realidad, es uno de los muchos clichés, lamentablemente difíciles de erradicar, que aún rodean a la llamada "Edad Media".

  Los estudios realizados en el campo de la historia de la alimentación han demostrado ampliamente que los hombres y mujeres de la Edad Media, así como los  europeos de las anteriores edades ( solo hay que pensar en Roma ) tenían la capacidad de evaluar perfectamente la salubridad del agua.

  Los registros municipales, las crónicas monásticas y numerosas obras médicas dan testimonio de la gran atención que se prestaba al mantenimiento de los pozos, la excavación de cisternas, la protección de los manantiales e incluso el desvío de cursos de agua para abastecer de agua corriente a los centros urbanos.

 Es cierto que, en promedio, el consumo diario de vino en la edad media era mucho mayor que en la actualidad. Pero la razón por la que el vino ocupaba un lugar central en la dieta diaria no era la falta de alternativas para sustituir al agua, sino su valor nutricional.

 

  En una sociedad predominantemente agrícola como la medieval, basada en el trabajo físico y con un requerimiento calórico mucho mayor que el actual, el vino representaba una fuente primaria de energía. Gracias a la presencia de azúcares y alcohol, proporcionaba un sustento inmediato y de fácil asimilación, complementando una dieta que, especialmente para las clases bajas, solía ser monótona, basada principalmente en cereales, sopas, legumbres y verduras.

 El consumo de vino en la Edad Media era una costumbre tan extendida que involucraba a todas las edades y clases sociales. Y no era una prerrogativa exclusivamente laica. En el capítulo 40 de la famosa “Regla de San Benito”, escrita en el siglo VI por San Benito de Nursia para regular la vida de los monjes, leemos que a cada hermano se le permitía un consumo diario de vino equivalente a aproximadamente una hemina . No sabemos con exactitud a cuánto equivalía esta unidad de medida, ya que la hemina variaba según la región y la época, quizás correspondía a poco más de un cuarto de litro.

 

  El propio Benito reservaba la decisión sobre la cantidad exacta de vino permitida al abad: esta podía variar,  según el clima estacional, la cantidad de trabajo realizado por cada monje y su salud:

“Juzgue el superior si la necesidad del lugar, el trabajo o el calor del verano exigen más, cuidando en todo caso de que no se llegue a la saciedad o a la embriaguez”

https://www.intratext.com/IXT/ESL0023/_P15.HTM

 Lo cierto es que, en los siglos centrales de la Edad Media, la expansión de las propiedades monásticas y la progresiva relajación del rigor original de la Regla llevaron, en muchas grandes abadías, a un aumento significativo de la cantidad, hasta el punto de que la ración de vino disponible para cada monje podía alcanzar (y a veces superar) incluso un litro al día.

 

  Esto no significa que los conventos fueran lugares de juerga, ni que los monjes estuvieran perpetuamente ebrios: los vinos comunes de la época tenían un contenido alcohólico mucho menor que los estándares actuales ( probablemente entre un 7 y un 10%), y además, a menudo estaban diluidos en agua.

  El vino era, por lo tanto, una bebida energética y refrescante, que constituía un complemento preciado e insustituible de la dieta diaria.

 ¿Cómo se llegó a ese punto? Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, el colapso de las principales rutas comerciales del Mediterráneo y la desintegración del sistema de grandes villas rurales basadas en el trabajo servil provocaron, entre los siglos V y VIII, una drástica reducción de las tierras cultivadas.

 La vid, un cultivo altamente especializado que requería inversiones a largo plazo, cuidados constantes y una mano de obra abundante y estable, no desapareció por completo, pero se replegó a zonas protegidas, experimentando un proceso de ruralización y fragmentación de la producción.

 En ese escenario de gran inestabilidad política y económica, la Iglesia era la principal entidad organizada capaz de garantizar la continuidad de la producción. Los monasterios y los cabildos catedralicios contaban con los elementos necesarios para la supervivencia de la viticultura: conocimientos técnicos, gracias a los tratados agrarios heredados del mundo antiguo; amplia disponibilidad de tierras, resultado de importantes donaciones privadas; y mano de obra, gracias a la presencia de monjes y agricultores que cultivaban las tierras monásticas.

 

 Y, por último, pero no menos importante, la necesidad de tener vino disponible para fines litúrgicos, ya que era indispensable para la celebración del sacramento de la Eucaristía.

  Así, cuidar los viñedos era  para los monjes un deber sagrado, hasta el punto de que muchas comunidades religiosas no dudaban en plantar hileras de viñas en zonas climáticamente marginales o en terrenos inaccesibles.

 La importancia central del vino se refleja claramente, por ejemplo, en los contratos agrícolas mediante los cuales las organizaciones eclesiásticas cedían tierras para el cultivo a cambio de una cuota anual que debía pagarse, generalmente, durante la festividad de San Martín (11 de noviembre), que tradicionalmente representaba el final del año agrícola.

 Esta cuota rara vez consistía en dinero, y mucho más frecuentemente se pagaba en especie, entregando una porción fija de productos agrícolas, como cereales y, por supuesto, vino.

 Se conoce el funcionamiento de las grandes propiedades agrícolas a principios de la Edad Media gracias a un documento de extraordinaria importancia, el “Capitulare de villis” de Carlomagno, que contiene una serie de normas y disposiciones que regulan la administración de las fincas pertenecientes al dominio real.

 En cuanto a la viticultura, el texto subraya las normas de higiene que deben observarse durante las distintas etapas de producción (el prendado de las uvas con los pies, por ejemplo ) y prescribe el almacenamiento adecuado del vino en barricas (utilizadas desde la época romana), superando definitivamente el uso de odres de cuero, inadecuados para preservar la calidad del producto y propensos a fugas durante el transporte. 


 

 Entre los vinos más originales de la Edad Media se encuentra, sin duda, el Hipocrás.  

  Para prepararlo, se maceraba en vino tinto una gran cantidad de miel y especias molidas, en particular canela, jengibre, clavo, cardamomo, nuez moscada y pimienta. La mezcla se filtraba varias veces a través de una bolsa de tela cónica especial, el  manicum ipocraticum, del que algunos creen que deriva el nombre de la bebida, y finalmente se servía frío al final de la comida. 

Manicum ipocraticum, la manga (filtro) de Hipocrates.

 

 Los historiadores, especialmente en el siglo XIX, a menudo han descartado esta práctica como una estratagema para enmascarar el sabor de un vino de mala calidad o incluso en mal estado. En realidad, como han demostrado estudios modernos, el Hipocrás era una bebida de lujo, un verdadero símbolo de estatus: las especias, importadas de Oriente, eran muy caras, y usarlas en grandes cantidades para preparar el Hipocrás era una clara forma de ostentar riqueza, poder y refinamiento. 

 Además, este vino era considerado una medicina: basándose  en la teoría de Hipocrates, la "teoría de los humores",( el cuerpo humano estaría compuesto de 4 fluidos fundamentales : sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema, cuyo equilibrio determinaría la salud y el temperamento de las personas ), se creía que calentaba el estómago, facilitaba la digestión y curaba los dolores de estómago.

 Sin embargo, el avance cuantitativo y cualitativo en la viticultura europea se iba a producir en el siglo XI.


 

 (Continuara…)

viernes, 11 de septiembre de 2026

Roger de Lauria, Almirante de Aragon ( 17ª parte)

 


Viene de aquí:

 Las noticias del levantamiento contra los franceses se extendieron como la pólvora por toda la isla.

  Corleone, a 33 km al sur, fue la primera en unirse a Palermo, y el 3 de abril envió emisarios  para proponer una acción conjunta. Ambas ciudades se proclamaron comunas autónomas bajo la protección de la Santa Sede y acordaron colaborar.

  Unieron fuerzas y enviaron contingentes armados en tres direcciones para difundir la noticia del levantamiento al resto de la isla: hacia el sur, a Calatafimi y Trapani; hacia el este, a Cefalú y Messina; y hacia el centro, a Caltanissetta y Castrogiovanni (la actual Enna).

 A medida que las columnas rebeldes se aceraban a cada distrito, los franceses eran asesinados por los locales, si no podían huir. Solo en dos poblaciones fueron respetadar sus vidas. Guillermo Porcelt,  gobernador de Calafatimi, en la parte occidental de la isla, se había ganado el respeto de los sicilianos por su benevolencia y su justicia. Él y su familia fueron escoltados con total seguridad hasta Palermo, en donde pudieron tomar un barco hacia la Provenza.

  En el centro de la isla, en la ciudad de Sperlinga, la guarnición francesa no sufrió ningún tipo de ataque, y pudor retirarse sana y salva hacia Messina.

Castillo de  Sperlinga.
 

  En apenas 15 días, la mayor parte de las regiones central y occidental de la isla estaban bajo control rebelde, y mas de 20.000 franceses habían sido asesinados. Solo Messina permanecía como el ultimo bastión angevino en Sicilia.

 

  Esto se debía a que solo Messina se había beneficiado del reinado de Anjou. Allí estaba anclada su enorme flota de invasión y allí residía su vicario real, Herberto de Orleans.

 Los rebeldes, liderados por el capitán del pueblo Roger Mastrangelo, sabían que la ciudad portuaria sería la cabeza de playa de Anjou en una campaña para reconquistar la isla, por lo que el 13 de abril enviaron una misiva a Messina, implorando a sus ciudadanos que se unieran a la rebelión.

 Orleans reaccionó el día 15 enviando un contingente de 500 ballesteros al mando de un caballero mesinés llamado Guglielmo Chiriolo a Taormina para asegurar el flanco sur de la ciudad. Luego, envió una flotilla de siete galeras al mando del noble pro-angevino Riccardo Riso para bloquear el puerto de Palermo como demostración de fuerza. 

 

  Los palermitanos, sin embargo, contrarrestaron el efecto izando el estandarte de Messina junto al suyo en señal de solidaridad, para mostrar que consideraban a los habitantes de Messina como hermanos. Las tripulaciones mesinesas se negaron a atacar Palermo, y las galeras permanecieron a la entrada del puerto manteniendo un muy ineficaz y poco entusiasta bloqueo.

 Gradualmente, el sentimiento en Messina comenzó a volverse en contra de los angevinos, ya que muchos de los habitantes de la ciudad eran palermitanos que habían llegado a la ciudad en busca de trabajo cuando la administración de la isla se trasladó desde Palermo.

 Al percibir la creciente animosidad, y consciente de que una guarnición de tan solo 600 soldados angevinos lo protegía, Orleans comenzó a perder los nervios.

 A finales de abril, envió noventa jinetes franceses al mando del napolitano Michelletto Gatta para socorrer y reemplzaar a las tropas mesinesas en Taormina. Enfurecido por la falta de confianza, Chiriolo y sus hombres llegaron a pelearse con los franceses y los apresaron a todos . 

 

  Pocos días después, el 28 de abril, las tensiones estallaron en una rebelión abierta en Messina. Orleans logró refugiarse en el castillo de Mategriffon, pero la flota de invasión angevina en el puerto se convirtió en la primera gran víctima del levantamiento.

 Los sublevados incendiaron la mayor parte de la flota de Carlos de Anjou, que se hundio en el puerto de Messina, sin haber tenido oportunidad de levar anclas.

 Mesina se declaró entonces como comuna y se puso bajo la protección de la Santa Iglesia, eligiendo como capitán a Bartolomeo Maniscalco, que fue sustituido poco mas tarde por el juez Balduino Mussone.

 Buena parte de la nobleza  de Messina habia decidido refugiarse en el castillo, junto a Heriberto. Tras el primer ataque de los rebeldes, Heriberto entablo negociaciones con Mussone, y consiguió un salvoconducto para él y los suyos. Se pusieron a su disposición dos navíos, con la condicion que navegara directamente a la costa francesa, a Aigues Mortes, y prometiese no volver nunca a Sicilia.

Castillo de Mategriffon, tambien llamado la Roca de los Guelfos.
 

  Heriberto dio su palabra, pero no tardo en incumplirla. Tan pronto salió del puerto de Messina, ordeno a las galeras navegar hacia Catona, al otro lado del estrecho. Alli  se reunió con Pedro Ruffo, conde de Catanzaro, el noble más rico de Calabria , fiel aliado de Carlos de Anjou, y ambos se dispusieron a reunir tropas para preparar un ataque para reconquistar Messina.

 Al alcaide de Mategriffon, Teobaldo de Messy ,junto con setenta sargentos franceses y sus esposas e hijos, se le concedieron condiciones similares, y todo el grupo fue embarcado en otro navío con órdenes de navegar hacia Aigues-Mortes.

 Algunos de los nobles de Messina aun leales a Carlos de Anjou permanecieron prisioneros de la Comuna en el castillo de Mategriffon, donde se reunieron con Micheletto Gatta y sus franceses, trasladados bajo escolta desde Taormina.

 Ya se habían enviado mensajeros a Palermo para informar sobre los sucesos de Mesina y la fundación de la Comuna hermana, y se ordenó regresar a las 7 galeras mesinesas que aún permanecían bloqueando el puerto de Palermo. Su  comandante, Ricardo Riso, logró escapar a Calabria.

 El segundo al mando de la flotilla de 7 galeras, Nicolas Pancia, asumió el mando de la flotilla  y regreso navegando , accediendo en el puerto de Mesina justo en el momento en el que partía el navío que transportaba al alcaide Messy y a su comitiva.

 

 Pancia ya sabía que Heriberto de Orleans había incumplido su promesa de retirarse a Francia y sospechaba que Messy estaba a punto de seguir su ejemplo. Asi que el barco fue interceptado y todos sus ocupantes arrojados al mar, donde perecieron ahogados. Después, Pancia y la flotilla de 7 galeras volvió a Palermo, pues se esperaba la reacción de Carlos de Anjou.

 De Anjou se encontraba en Nápoles cuando, a principios de abril, un mensajero enviado por el arzobispo de Monreale le informó de la matanza de franceses en Palermo.

 La noticia le irritó, pues suponía aplazar temporalmente su expedición a Oriente, pero, al principio , no se tomó la rebelión demasiado en serio. Consideraba que se trataba de un asunto local del que podía ocuparse su enviado Heriberto de Orleans.

 Se limitó a ordenar al vicealmirante Mateo de Salerno que se dirigiera a Palermo con cuatro galeras para atacar la ciudad. La orden se impartió el 8 de abril, pero, al llegar a las inmediaciones de Palermo, Mateo encontró a la flotilla de Pancia  patrullando frente al puerto. Aunque trato de escapar sin ser visto, las galeras de Pancia lo alcanzaron y  atacaron , capturando dos de sus galeras, por lo que  se retiró a Nápoles con las restantes.


(Continuara…)