martes, 13 de octubre de 2026

Roger de Lauria, Almirante de Aragon ( 19ª parte)

 

Asedio de Messina.

Viene de aquí :

  Aquel mes de agosto fue especialmente lluvioso, y el barro dificultaba los intentos de asalto de las tropas de Anjou sobre las defensas de Messina. Los ciudadanos, hombres y mujeres, se turnaban en la vigilancia y en la reconstruccion de las  defensas dañadas.

  Desde Messina se enviaron espías a los campamentos enemigos que rodeaban rodeaban la ciudad, incluyendo un franciscano, Bartolomé da Piazza, que pudo hacer una detallada inspeccion de las tropas angevinas antes de volver a la asediada ciudad a revelar lo descubierto.

  La ciudad cobro nuevos ánimos con la noticia que habían visto a  la virgen María bendiciendo en persona a varios defensores.

  Pero Anjou se tomaba el asunto to con calma. Su ejercito y su flota eran muy superiores, tanto en número como en experiencia y preparación, y fue estrechando el cerco sobre Messina  a la espera que se dieran las condiciones necesarias para un asalto total con garantias de exito. 

  Durante un periodo de calma, Carlos de Anjou envió como emisario  a Messina al cardenal Gerardo, legado papal. Fue recibido en Messina con todos los honores correspondientes a su cargo, y el capitán Alaimo da Lentini, líder de los defensores, entrego al cardenal las llaves de la ciudad, ofreciendo entregar Mesina si el papa declaraba públicamente ser protector de la ciudad.

Capitan Alaimo da  Lentini y su esposa Macalda de Scaletta, una mujer de "armas tomar".
 

  El cardenal replico que se debía entregar la ciudad de inmediato, para que fuera devuelta a Carlos de Anjou, a quien legalmente pertenecía toda la isla de Sicilia. Al oír las palabras del cardenal, el capitán Alaimo le arrebato las llaves de la ciudad y proclamo que seria mejor morir en combate que someterse a su odiado enemigo, Y el cardenal fue enviado de vuelta al campamento de Anjou entre improperios y maldiciones.

  Fracasado el intento de Anjou, el asedio se endureció, con constantes intentos de asalto en diversas partes de la muralla, todos repelidos con eficacia. El problema de la escasez de comida se solucionaba con la excelente cosecha de frutas y verduras de huertos que se encontraban dentro de las murallas de la ciudad y la abundante pesca en el puerto.

Puerto de Messina.
 

  La moral se encontraba alta, todos los ciudadanos conocían su precaria situación, pero tenían la esperanza de ser auxiliados con prontitud. Cuando el papa rechazo las suplicas de otro grupo de  enviados mesineses para interceder por su suerte, los sicilianos comprendieron que tenían que encontrar otra solución para el futuro de sus hogares. Y tenían esa solución  bastante cerca.

  Mientras Carlos de Anjou estrechaba el cerco sobre Messina, la flota  aragonesa llegaba al puerto de Collo, en la costa de la actual Argelia, el 21 de junio. El rey Pedro III había reclamado Collo y la costa adyacente, prácticamente desiertas, pero no contaba con los hombres suficientes para marchar sobre Constantina, la ciudad más importante de la zona y la capital del sultanato de Tunez. Solo podía fortificar su campamento y realizar incursiones ocasionales tierra adentro, mientras esperaba nuevos acontecimientos en Sicilia.

Pedro III, rey de Valencia y Aragon.
 

  Mientras tanto, las incesantes incursiones sarracenas y los desafíos de abastecer y motivar a la soldadesca restante en un entorno hostil proliferaban y preocupaban al rey aragonés.

  Finalmente, sus consejeros, entre los que se encontraba Roger de Lauria, le recomendaron que enviara una embajada al papa, aparentemente para solicitar “dinero e indulgencias” por la conquista de “Berberia” para el cristianismo.

"Berberia", regiones costeras de lo que hoy son Marruecos, Argelia, Tunez y Libia.
 

  La embajada aragonesa, compuesta por Guillem de Castelnou y Pedro de Queralt, llegó a Palermo con sus dos galeras antes de alcanzar el palacio papal de Montefiascone. La solicitud de apoyo papal del rey Pedro fue rechazada por Martín IV, como seguramente el rey ya esperaba.

  Pero la conferencia clandestina de Guillem de Castelnou con los sicilianos en Palermo iba a resultar muy útil y  fructífera. En realidad, los sicilianos debían de haberse dado cuenta para entonces de que tenían pocas opciones: Anjou estaba literalmente a las puertas de Messina con un enorme ejército, mientras el papado se negaba rotundamente a brindarle su protección.

Palacio Episcopal de Montefiascone.
 

  Pronto enviaron una delegación a Collo que incluía dos enviados de Palermo y tres de Messina. Pedro se hizo el remolón al principio y mostro la debida reticencia a aceptar el cetro real de Sicilia, pero, finalmente, llegó a un acuerdo con los emisarios para que estos aceptaran el trono en nombre de su esposa Constanza, la legítima heredera de la dinastía Hohenstaufen.

  Juró no solo defender el reino de Sicilia contra las pretensiones angevinas con su espada, sino también mantener las venerables tradiciones e instituciones de un gobierno benevolente (es decir, impuestos moderados y requisitos de servicio militar muy medidos) legadas a sus súbditos sicilianos por Guillermo II el Bueno, el venerado soberano de Hauteville del siglo anterior y nieto del reverenciado Roger II, el primer rey del reino.

Roger II el Normando, en el Palacio Real de Napoles.
 

 Pedro levantó sus campamentos africanos y embarco a su ejercito en sus navíos a finales de agosto. Según Ramón Muntaner, el ejercito aragones había crecido considerablemente gracias a la llegada de nuevos contingentes que llegaban casi a diario desde la península. Según Muntaner, había al menos 40.000 soldados, aunque algún otro cronista de la época da una cifra mas ajustada a la realidad, unos 8.000 almogávares y unos 600 caballeros.

  La flota aragonesa zarpaba del norte de África alrededor del 25 de agosto, llegando a  Trapani el 30 del mismo mes, entre el desenfrenado jubilo de la población local.

  Desde Trapani, el rey Pedro III y su ejercito de tierra marcharon hasta Palermo, mientras su flota, al mando de  Ramón Marquet lo seguía por Cabo San Vito y el Golfo de Castellamare.

  El rey Pedro entraba en la ciudad de Palermo el 2 de septiembre, el mismo día que Carlos de Anjou lanzaba otro fracasado ataque general sobre las murallas de Messina.

 

  El rey  fue recibido con fanfarrias de trompetas y la adulación de multitudes que parecian adorarlo, como si fuera un cesar conquistador regresando a  Roma para celebrar su triunfo.

  El 4 de septiembre, tras reiterar su promesa de gobernar al estilo de los antiguos reyes normandos, Pedro fue aclamado rey de Sicilia por la nobleza siciliana allí reunida.

  Pedro no tardó en reclamar su nuevo reino. Todos coincidieron en que la prioridad debía ser el rescate de la asediada Messina. Para ello  se decidió rápidamente que se necesitarían refuerzos locales. Parece ser que los sicilianos no quedaron muy impresionados con el maltrecho ejército del rey Pedro, que venía directamente de la difícil campaña africana.

  El cronista Bernat Desclot, que posiblemente acompaño a la expedición aragonesa, escribe :

“Y debido a que los caballeros llegaron a Palermo con sus vestiduras desgarradas y sucias de sudor, sus armaduras manchadas, sus rostros morenos por el sol que les había cambiado el color y sus atavíos sucios y andrajosos, y también porque los almogávares apestaban a sudor, estaban mal vestidos y ennegrecidos por el sol que los había castigado, la gente de Palermo los consideró de poco valor, pensando en sus corazones que tales hombres jamás podrían librarlos de las manos de Carlos, tan poderoso por mar y tierra.”

 

 En consecuencia, uno de los primeros actos de Pedro como rey de Sicilia fue emitir una proclama, ordenando a todos los varones sicilianos de entre 15 y 60 años que se reunieran en Palermo en un plazo de quince días, provistos de provisiones para un mes.

 Luego, mientras esperaba la llegada gradual de sus tropas procedentes de Trapani y la concentración de reclutas de toda Sicilia occidental en Palermo, Pedro envió una embajada a Messina.

  Compuesta por los caballeros aragoneses Pedro de Queralt y Ruiz Jiménez de Lluna, así como por un magistrado de Barcelona llamado Guillem Aymerich, la delegación debía informar a Carlos de Anjou que, puesto que Aragón había asumido el trono de Sicilia en nombre de Constanza de Hohenstaufen por voluntad de su pueblo, debía abandonar la isla de inmediato.


 

(Continuara…)

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