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| "Visperas sicilianas", obra de Francesco Hayez. |
Viene de aquí :
El coste de financiar una expedición tan numerosa como la que preparaba Carlos de Anjou para tomar Constantinopla era exorbitante, sobre todo la flota.
Algunos estudiosos de la época estiman que solo la construcción de la armada angevina debió superar las 50.000 onzas de oro, aproximadamente la mitad de los ingresos anuales del Reino de Sicilia.
Para cubrir el coste, Carlos aumentó la denostada subventio generalis en un asombroso 150 % en diciembre de 1281 y, para la primavera de 1282, había reunido una formidable armada en Messina.
El historiador veneciano contemporáneo, Marino Sanudo Torsello, afirmó que la flota estaba formada por más de cien buques de guerra, además de embarcaciones auxiliares y unos doscientos transportes. Los cálculos modernos sitúan el número de galeras en una cifra mas realista de entre 50 y 60 galeras y unos 50 navíos auxiliares.
Como la flota de Anjou tenía su base en Messina, los sicilianos cargaron con la mayor parte del peso para costear su equipamiento y dotación.
Fue una imposición enorme para una población que no tenía ningún interés de participar en una campaña en la que no querían estar involucrados y que se sentía explotada.
Además de tener que pagar la mayor parte del coste de la flota, muchos sicilianos fueron reclutados a la fuerza para tripularla, reclutados por funcionarios franceses que ni siquiera se habían tomado la molestia de aprender su idioma ni sus costumbres.
EL gobernador de la isla, Herbert de Orleans, vicario real de Carlos de Anjou, ni siquiera vivía en la capital de la isla, Palermo, sino en Messina, semi encerrado en el castillo de Mategrifon ( del francés antiguo Mattagrifon, el “terror de los griegos), fortaleza construida por Ricardo Corazon de León para intimidar a los habitantes de la isla, en su gran mayoría de origen griego, en su camino hacia la Tercera Cruzada.
El gobierno autocrático de Herbert se imponía a los sicilianos gracias a los 42 castillos que ocupaba, guarnecidos por lo que los sicilianos consideraban una casta militar extranjera y opresora, mientras que a ellos se les prohibía portar armas.
Así, para los sicilianos, la gran flota anclada en el puerto de Messina en marzo de 1282 era un odiado símbolo de la opresión francesa sobre la isla.
En la primavera de 1282, Carlos de Anjou , por entonces rey de Sicilia, Jerusalén y Albania, conde de Provenza, Anjou y Maine, regente de Acaya, soberano de Túnez y senador de Roma, seguramente el hombre mas poderoso de Europa , estaba a punto de lograr la culminación de su carrera con la más poderosa armada jamás reunida, con el objetivo de apoderarse del imperio romano de oriente.
Pero ni uno solo de los barcos de la flota de Carlos de Anjou iba a zarpar nunca del puerto de Messina.
La Chiesa dello Spirito Santo (Iglesia del Espíritu Santo) se alza en un entorno sereno a las afueras de Palermo , situada a tan solo unos cientos de metros al sureste de las antiguas murallas de la ciudad, en la margen izquierda de un barranco de exuberante vegetación por donde discurre el río Oreto.
A su alrededor se encuentran las lápidas, mausoleos y monumentos sepulcrales del cementerio de Santa Úrsula, del siglo XVIII, salpicados aquí y allá por viejos cipreses.
Pero, en la primavera de 1282, el Camposanto di Santo Spirito, como se conoce oficialmente al cementerio, era un prado cubierto de flores primaverales. Nada en aquella escena apacible podía presagiar el estallido de violencia desenfrenada que tuvo lugar allí la noche del 30 de marzo, el día después de Pascua, salvo, quizás, el austero edificio eclesiástico normando en sí.
Fundada en 1178 como una abadía cisterciense ascética, la estructura arabo-normanda, con arcos góticos y motivos arabescos, fue construida con bloques de toba y roca volcánica, formando vetas horizontales alternas de ocre y gris que le dan un aspecto sombrío y austero.
Curiosamente, Walter del Molino, un arzobispo de origen inglés, habia colocado la primera piedra el día de un eclipse solar.
Los cronistas de la época ofrecen varias versiones de lo que sucedió allí hace unos siete siglos y medio, pero un esquema básico de los acontecimientos es común a todas ellas. El relato del patriota siciliano Bartolomeo di Neocastro parece ser el más fidedigno y el más creíble.
Era tradición en aquella época celebrar una fiesta en los terrenos de la iglesia el Lunes de Pascua, por lo que la plaza frente a la entrada estaba repleta de habitantes de la ciudad y del pueblo, que se divertían mientras esperaban las Vísperas (oraciones vespertinas) al atardecer.
En medio del canto, el baile y la bebida de esta escena festiva, paseaba un grupo de soldados franceses, varios de ellos ya ebrios. Uno de ellos, un sargento identificado por las fuentes como Drouet, sacó a una joven noble de entre la multitud y, al parecer, la manoseó con el pretexto de registrarla en busca de armas ocultas. Ese acto de comportamiento grosero iba a ser el último que cometería.
El enfurecido marido de la joven se abalanzó sobre Drouet con una daga y lo mató. Sus camaradas angevinos intentaron acudir en su defensa, pero rápidamente se vieron rodeados por una turba enfurecida, sedienta de sangre.
El grito de "¡Moranu li Franchiski!" ("¡Muerte a los franceses!" en dialecto siciliano) resonó en la plaza. Luego, al sonar las campanas de la iglesia anunciando las Vísperas, comenzó la matanza. Al parecer, ninguno de los soldados franceses presentes sobrevivió, y casi 200 cadáveres angevinos yacían esparcidos por la plaza.
La matanza no terminó ahí. Hombres recién salidos del baño de sangre de las Vísperas en el Espíritu Santo corrían por las calles de Palermo gritando lo que ya se había convertido en el lema de la incipiente revuelta: "¡Muerte a los franceses!".
Las turbas errantes masacraban a todo aquel de ascendencia gala que encontraban. Recorrieron los barrios franceses, arrasando sus hogares y negocios. Ni mujeres ni niños se salvaron. Las mujeres sicilianas fueron masacradas junto con sus maridos franceses. Michele Amari,cronista de la época, describe con espeluznante detalle cómo los alborotadores vengaron "la despiadada masacre de Augusta ,abriendo los cuerpos de mujeres sicilianas que estaban embarazadas de maridos franceses y estrellando contra las piedras el fruto de la sangre mezclada de opresores y oprimidos".

"Visperas sicilianas", obra de Erulo Eroli.
Las turbas ni siquiera respetaron el santuario de los monasterios, pues los de los dominicos y los franciscanos fueron saqueados en busca de frailes extranjeros: cualquiera que no pudiera pronunciar correctamente "ciciri", la palabra siciliana para garbanzos (aparentemente casi imposible para los francófonos, que usarían la s como la c, y la g como la r, pronunciandola algo asi como sisigui ), era asesinado en el acto.
El enviado de Anjou para la región de Palermo, Jean de Saint-Rémy, intentó resistir en el antiguo palacio real normando, pero los sicilianos pronto atravesaron las puertas y a duras penas logró escapar por una ventana hacia los establos, desde donde cabalgó con un puñado de seguidores hasta la fortaleza interior de Vicari, en la localidad de Lari.
Para cuando la matanza terminó, el sol había salido sobre los restos mortales de más de 2.000 residentes franceses de Palermo (algunas fuentes indican que el doble de esa cantidad murió en la masacre), y los rebeldes se habían apoderado de la ciudad. Su furia se había calmado lo suficiente para pensar en el futuro. Hubo una reunion de representantes de los distritos de la ciudad, y en ella se proclamaron en comuna, eligiendo capitán a un caballero llamado Roger Mastrangelo.
La bandera angevina fue hecha pedazos y sustituida por el águila imperial que Federico II había otorgado como insignia a la ciudad.Fueron enviados embajadores con una carta para el Papa en la que suplicaban su protección.
El frenesí asesino pronto se extendería mucho más allá de los límites de la ciudad. Mensajeros enviados por toda la isla extendían el mensaje de que había que atacar antes que el opresor francés les atacase a ellos.
Lo primero fue marchar sobre el castillo de Vicari,con una guarnición demasiado escasa para resistir durante mucho tiempo. Así que Saint Remy se ofreció a rendirse si se respetaba su vida y se le permitía embarcar hacia su Provenza natal. Pero, cuando empezaron las negociaciones, uno de los rebeldes le disparo un flecha y lo mato, lo que fue una señal para la matanza generalizada de todos los habitantes del castillo.
(Continuara…)






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